Blanca y roja es la flor del irupé.
Blanca como la pureza, roja como la sangre.
Así eran Morotí y Pitá, los amantes guaraníes.
Este es el comienzo de la leyenda que
narra el origen de una flor típica de la zona misionera, al
nordeste de Argentina. Como sucede en muchos casos, la cultura
guaraní tiene varias versiones acerca del nacimiento de la flor
del irupé. Aquí presentamos una de ellas.
Blanca y roja es la flor del irupé.
Blanca como la pureza, roja como la sangre. Así eran Morotí y Pitá,
los amantes guaraníes. Morotí era la joven más hermosa de que se
tuviera memoria. Todos los jóvenes de la tribu suspiraban por
ella. Pero su corazón pertenecía a Pitá, el guerrero. Daba gusto
verlos pasear por la tarde a la orilla del río. Pitá era el más
fuerte y valiente de los jóvenes guaraníes, pero se sometía a los
deseos de Morotí. Ella lo amaba, pero era coqueta y caprichosa, y
se sentía complacida sabiéndose dueña de la voluntad del guerrero.
En uno de aquellos gozosos paseos
por la ribera del Paraná que hacían junto a otros jóvenes, los vio
Ñandé Yará, el Gran Espíritu de las Aguas. Ofendido por la
coquetería de Morotí, decidió castigarla para que diese ejemplo a
las otras jovencitas de la tribu, y le inspiró una idea de la que
pronto se arrepentiría…
Morotí se quitó la pulsera que
adornaba su brazo y la arrojó a las oscuras aguas. Luego le pidió
a Pitá que la recuperara. Pitá no dudó un instante. Como guerrero
guaraní era un nadador excelente. Zambullirse en las tranquilas
aguas y recobrar la joya le llevaría unos segundos. No le
importaba cumplir con el capricho de Morotí, cuando era tan
sencillo de realizar. Tomándolo como un juego, se lanzó a buscar
el brazalete en el punto donde se había hundido.
Morotí, orgullosa del dominio que
tenía sobre su prometido, se lo hizo notar a sus amigos. Todos
reían. Los guerreros, porque la prueba era sencilla, sin
complicaciones, y Pitá regresaría en unos instantes con la joya.
Las muchachas, porque admiraban la forma en que Pitá respondía sin
pensar a los caprichos de su amada.
Pero Pitá no regresaba, y poco a
poco las risas se transformaron en preocupación y luego en terror.
Morotí comenzó a sentir remordimientos por su acto de vanidad. Si
Pitá no volvía a la superficie, era por culpa de su estúpida idea.
Pasados unos minutos se hizo evidente que el guerrero no volvería,
que había encontrado la muerte en los remolinos del gran río,
buscando en vano el brazalete de su novia.
Morotí no podía creer que la fuerza
de Pitá se hubiera agotado luchando en la corriente. Debía estar
retenido por la hechicera del río, I Cuñá Payé. Si era así, Pitá
estaba preso en el fondo, en un palacio construido en oro y
piedras preciosas, en una gran sala donde la bruja lo dominaba con
su seducción.
Tan clara era esta imagen en la
mente de Morotí, que sin vacilar se arrojó al agua, dispuesta a
rescatarlo.
Si lo conseguía, borraría su culpa.
Si caía ella también bajo el embrujo de I Cuñá Payé, al menos
moriría junto a su amado…
Sus acompañantes no reaccionaron a
tiempo para impedírselo. Se quedaron mirando, horrorizados, el
lugar donde los amantes se habían hundido. Algunos corrieron al
poblado a dar aviso de la tragedia. El gran hechicero de la tribu
practicó un exorcismo sobre las aguas para vencer las fuerzas
misteriosas que operaban allí. Pero pasó la noche, y el amanecer
los encontró en la orilla llorando la muerte de sus amigos. Ya
comenzaban a retirarse con tristeza, cuando vieron algo
maravilloso subir a la superficie: una flor que se abrió ante sus
ojos con un suspiro.
Era una flor fragante, de hojas
redondas que flotaban sobre el agua, tan grandes que las aves y
algunos mamíferos podían pararse sobre ellas sin hundirse. Los
pétalos del centro eran de un blanco deslumbrante, como la pureza
de Morotí, y los envolvían amorosamente unos pétalos rojos, como
el corazón del valiente Pitá. Irupé, aquella flor, nacida del
arrepentimiento y del amor, había sido creada por el dios Tupá
como encarnación del alma de los enamorados.
Recopilación:
Graciela Repún / www.educared.org.ar |